Chapter 1: Introduction
El calor era intenso y el sol caía a plomo sobre el suelo polvoriento del festival de música. El aire estaba impregnado de un olor a sudor, humo y el dulce olor a cerveza derramada. La multitud se movía en oleadas, con los cuerpos apretados mientras bailaban y se balanceaban al ritmo crudo y palpitante de la banda en vivo en el escenario. El festival era un organismo vivo que respiraba y yo era solo otra célula, que latía con la vida que latía a través de él.
Yo, Anabel, era una criatura de costumbres, y mi costumbre era el sexo.
Y alcohol. Pero sobre todo sexo. Me abrí paso entre el mar de cuerpos, mis caderas se balanceaban al ritmo, mis ojos escudriñaban a la multitud como un depredador a la caza. Yo era un vaso de agua grande en un desierto, mi cabello rubio caía en cascada por mi espalda, mis horribles labios brillaban con un rojo brillante. Llevaba un top de leopardo que dejaba al descubierto mi ombligo y unos shorts que se ajustaban a mi culo como una segunda piel, montados en unos tacones blancos que me daban altura y confianza. La gente me miraba, juzgaba, deseaba, y yo disfrutaba de cada mirada.
—"Más cerveza", susurré a un chico que pasaba con una nevera portátil. Él me ofreció una sonrisa tonta y me pasó una lata fría. Tomé un sorbo largo, sintiendo el líquido frío correr por mi garganta.
A lo lejos, vi un grupo de amigos sentados alrededor de una fogata.
La escena era típica: risas, cervezas y un cierto aire de camaradería. Me dirigí hacia ellos, mi cuerpo moviéndose con un ritmo natural y sensual. Podía sentir las miradas clavadas en mí, y me encantaba.
—Eh, ¿qué tal si me uno a ustedes? —pregunté con una sonrisa traviesa.
Un chico alto, moreno y bien parecido se levantó y me ofreció una mano.
—Claro, amiga. Soy Manuel.
Me levanté y le tendí la mano. ¿En qué puedo ayudarte?
Sus ojos azules me miraron con una combinación de curiosidad y deseo.
—Solo buscaba un lugar para sentarme y disfrutar de la música —dijo con una sonrisa.
Ella se sentó junto a mí y María, que estaba sentada a mi lado, frunció el ceño. Sabía que mi novia no me creía, pero ¿qué podía hacer? Anabel era simplemente irresistible.
Sus labios carnosos, sus tetas grandes y esa forma de caminar que hacía que todos se volvieran a mirar. Ya estaba cansada de verla coquetear con todos en el campamento. Era suficiente.
—Oye, Manuel —dijo María, tirando de su brazo—, ¿podrías ayudarme a buscar más leña?
Manuel ascendió y se levantó, dejando a Anabel sola conmigo. Sus ojos se iluminaron con una mezcla de interés y desafío.
—Hola, chica —dijo David, un amigo de Manuel, sentado a mi otro lado. Su piel morena contrastaba con su sonrisa blanca.
—Hola, ¿cómo estás? —respondí, ofreciéndole una sonrisa coqueta.
—Bien, bien —respondió, sus ojos recorriendo mi cuerpo—. ¿Te gusta el festival?
—Sí, es genial —dije, recostándome un poco más hacia él. Pude sentir su calor, y mi cuerpo respondió al instante.
Mis pechos se erizaron bajo mis ropas, y una corriente eléctrica recorrió mi espalda. David se acercó más y susurró en mi oído, "Sabes, tengo una tienda cerca. Podríamos dejar que estos cabrones se queden aquí y buscar un poco de privacidad".
Anabel se inclinó hacia delante, su voz baja y sugerente, "¿Y qué tal si me decís cuánto os mide? —rió, mirando a todos, incluidos a Manuel, María y David.
Un silencio incómodo se esparció por el grupo, roto solo por el crujir de la leña en la fogata. María frunció el ceño, su mirada enfurecida, mientras que Manuel se aclaraba la garganta, intentando ocultar su sonrojo. David, sin embargo, se río.
"Vamos, no seas tímido. No hay nada de lo que avergonzarse. Aquí todo el mundo está para pasarlo bien".
Anabel alarmantemente y tomó la mano de David, levantándose de un salto. "Lo sé, lo sé. Pero ¿quién mejor para empezar que tú, Manuel?", dijo, mirando a Manuel con una mezcla de desafío y deseo. Manuel se aclaró la garganta, intentando ocultar su nerviosismo. María, sentada a su lado, levantó una ceja, su expresión mostrando claramente su desaprobación.
"¿Qué te parece si te lo enseño yo primero?", dijo David, guiando a Anabel hacia la tienda.
"Lo siento, María, pero parece que tienes que esperar tu turno."
Manuel se quedó helado, su mirada volando entre Anabel y María. María, por otra parte, cruzó los brazos y bufó, su expresión claramente mostrando su frustración. Raúl, sentado al otro lado del fuego, levantó una ceja y tomó un sorbo de su cerveza.
"Solo necesito saber cuánto te mide, no vayas tan rápido, tigre", rió Anabel, empujando a David hacia la entrada de la tienda. David sonriendo, disfrutando del juego.
"Pues mira, Anabel, mide 27 centímetros."
Anabel soltó una carcajada, sus ojos brillando con deseo y sorpresa. "¡Mentiroso! ¿Y cómo esperas que te crea eso?"
David se acercó más, su voz baja y cargada de seguridad. "Ven y compruébalo tú misma."
Ese punto, David se acercó más, y Anabel sintió el calor de su cuerpo. Se inclinó hacia adelante y susurró en su oído, "Mejor voy a preguntar a tus amigos cuánto les mide".
Sus palabras resonaron en el pequeño espacio de la tienda, y Anabel pudo sentir la tensión en el aire. David se quedó en silencio por un momento, y luego avanzando lentamente. "Está bien, pero debes hacerlo uno por uno. No quiero que mis amigos se sientan incómodos".
Anabel alarmante, su mente ya está pensando en el siguiente objetivo.
Ella giró hacia Manuel, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y curiosidad.
—Bueno, Manuel, ¿y tú? ¿Eres tan grande como tu amigo David? —preguntó, su voz cargada de ironía y expectación.
Manuel parpadeó, sorprendido por la audacia de la pregunta. Su rostro se sonrojó ligeramente, pero su mirada no se desvió. Era un hombre confiado, pero la situación lo desconcertaba. Se aclaró la garganta, tratando de mantener la compostura.
—Pues no lo sé, Anabel.
María se levantó de un salto, dejando caer su cerveza con un golpe en el suelo. La espuma esparciéndose sobre el polvo seco, mezclándose con las cenizas de la fogata. —Está bien, esto es demasiado —dijo, su voz temblando de furia—. No puedo creer que estén hablando así delante de mí. Yo voy.
Con eso, María se alejó, dejando tras de sí una nube de polvo y una atmósfera cargada de tensión.
Anabel, sin inmutarse por la salida de María, se volvió hacia Manuel con una sonrisa traviesa. —Bueno, Manuel, estoy esperando. ¿Cuánto te mide?
—preguntó Anabel, su voz cargada de desafío.
Manuel se aclaró la garganta, dubitativo. —Bueno, no estoy seguro, pero... unos 29 cm, más o menos.
Anabel llamando, sus ojos brillando con una mezcla de intriga y deseo. —¿Más o menos? Eso no suena muy seguro. ¿No quieres medirlo para estar seguro?
Manuel se sonrojó, y por un momento, pareció dudar. Pero la curiosidad y el desafío en los ojos de Anabel eran irresistibles. Finalmente, ascendió y se dirigió hacia la entrada de la tienda, dejando a Anabel sola con Raúl, David y Antón. Manuel, sintiéndose incómodo pero atrapado en la situación, se bajó los pantalones y los calzoncillos, sacando su miembro y midiéndolo con una cinta métrica que había traído David desde su mochila.
—Mide 29,5 centímetros y 6 centímetros de grosor —dijo Manuel, tratando de mantener la calma mientras Anabel y sus amigos se reían y murmuraban entre ellos.
Anabel, con una sonrisa maliciosa en el rostro, avanzó hacia Manuel, anticipando la reacción de sus amigos.
—¿En serio? —preguntó, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa y deseo—.
Manuel estaba tratando de mantener la calma mientras Anabel y sus amigos se reían y murmuraban entre ellos. —Sí, mide 29.5 centímetros y 6 centímetros de grosor —dijo, sintiendo una combinación de vergüenza y excitación al exponerse de esa manera. —Bueno, Manuel, parece que tienes algo que mostrar. ¿Por qué no deja que todos vean cómo te mides?
David y Raúl se rieron, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y desafío.
—Vamos, Manuel, no seas tan pudoroso. Ya sabemos que tienes algo que mostrar.
Manuel, sintiéndose incómodo pero atrapado en la situación, se aclaró la garganta. —No puedo, tengo pareja, Anabel —dijo, intentando sonar firme pero sintiendo una punzada de traición hacia María.
La risa de Anabel se detuvo de inmediato, su sonrisa desapareció en un instante. Sus ojos se oscurecieron, y su expresión cambió de coqueta a amenazante. — ¿Qué ha dicho? —preguntó, dando un paso hacia Manuel, su voz baja y cargada de ira.
Manuel, aún sosteniendo su miembro, se sorprendió ante el cambio arrepentido en la actitud de Anabel. —¿Qué quieres decir? No entiendo.
—Dijiste que tienes pareja, ¿verdad? —repitió Anabel, su voz cargada de desprecio—. Parece que no te importa mucho serle infiel. ¿O es que estás tan desesperado por mostrar tu tamaño que no te importa quién ve?
—No, no es así... —tartamudeó Manuel, tratando de explicarse—. Solo estaba divirtiéndome con la broma.
Anabel soltó una carcajada amarga, sacudiendo la cabeza. —¿Broma?
—dijo Anabel, sus ojos fríos y su voz cargada de sarcasmo—. Parece que has perdido tu oportunidad, Manuel. Ahora, ¿quién es el siguiente? —giró hacia Antón, que hasta ahora había estado observando en silencio, una sonrisa traviesa en el rostro—. ¿Cuánto te mide, Antón?
—A mí? —respondió Antón, su voz profunda y segura, pero con un deje de nerviosismo en el tono—.
Bueno, Anabel, como lo has pedido, mide 35 centímetros.
Anabel escuchó la respuesta, sus ojos se ensancharon de sorpresa y deseo. La tensión en la tienda aumentó, el aire se llenó de una carga eléctrica palpable. Raúl, sentado a su lado, soltó una carcajada, "¡Vaya, Antón, no mientes!". —preguntó Anabel, su voz llena de incredulidad—. ¿Cómo es eso posible?
—preguntó Anabel, su voz llena de incredulidad al escuchar la respuesta de Antón. Su rostro mostraba una mezcla de sorpresa y deseo. —¡Ja, ja, ja! ¡Si la tienes muy grande! —exclamó Raúl, su risa resonando en la pequeña tienda. —¡No puedo creer que tengas esa cosa colgando entre tus piernas!
Antón se quitó la camiseta, mostrando un torso musculoso y tatuado. Se bajó los pantalones y los calzoncillos, sacando su miembro y midiéndolo con la cinta métrica que tenía David. Los ojos de todos se fijaron en la cinta, esperando el resultado.
Antón, con una sonrisa confiada, midió su miembro y miró el número. "35 centímetros", anunció con voz firme. Anabel se sorprendió al ver la cinta, sus ojos se abrieron ampliamente, la mandíbula cayó y murmuró, "¡No puede ser!".
La tensión en la tienda se cortó con un silencio incómodo. Anabel no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Había visto muchos miembros en su vida, pero nunca uno tan grande. Anabel no pudo evitar que sus ojos se abrieran de par en par al ver la cinta métrica. "Eres un caballo," murmuró, su voz cargada de asombro y deseo.
La tienda se llenó de una carga eléctrica palpable. Antón, con una sonrisa confiada, tomó la cinta métrica y la envolvió alrededor de su miembro, mostrando el resultado a todos. "35 centímetros," anunció con voz firme. Anabel se sorprendió al ver la cinta, sus ojos se abrieron ampliamente, la mandíbula cayó.