Chapter 1: Encuentro
El sol comenzaba a ponerse, proyectando largas sombras sobre la tranquila calle de Estepona. El barrio era un mosaico de bungalows de una sola planta, cada uno con su encanto único, escondido detrás de muros y setos. La casa de Manuel y María no era una excepción, su jardín delantero rebosaba de flores de colores que parecía bailar con la suave brisa del atardecer. Un pequeño y alegre chihuahua estaba posado en el alféizar de la ventana, ladrando a los transeúntes que pasaban de vez en cuando.
Manuel estaba en la cocina, cortando verduras para la cena. Iba con el torso desnudo, los músculos relucían por el sudor del calor del día y vestía tan solo un par de vaqueros gastados. La puerta de madera de la entrada se abrió con un chirrido y allí estaba Raquel, su nueva vecina, —Hola, Manuel —dijo con voz aterciopelada—. Espero no molestarte.
Necesitaba un poco de sal para mi ensalada.
—Claro, Raquel —dijo Manuel, dejando las verduras sobre la tabla de cortar—.
Raquel avanzando y se adentró en la casa, su vestido negro ajustado se movía a su paso, haciendo resaltar sus enormes tetas. Manuel no pudo evitar fijar la vista en su trasero, su mirada se deslizó por su cuerpo hasta que desapareció de su vista. Se sacudió el pensamiento, recordando que Raquel era su vecina y que María ya había comentado sobre su forma de vestir y su actitud.
Raquel regresó con un frasco de sal en la mano y se detuvo en la puerta de la cocina, mirando a Manuel con una sonrisa pícara. — ¿Siempre cocinas así de sexy? —preguntó, haciendo que Manuel se sintiera incómodo.
Él se pasó una mano por la cara, intentando ocultar su malestar. —Ay, vaya, Raquel. No es el momento para bromas. —dijo, tratando de mantener la calma.
—Gracias, Raquel, pero no es necesario. María estará aquí en cualquier momento.
Raquel se acercó más, su voz se volvió un susurro. —Cuando quieras te puedo ayudar a cocinar —dijo, pasando la mano por sus tetas al decirlo. El gesto era lento, deliberado, y Manuel no pudo apartar la vista.
—Gracias, Raquel, pero no es necesario. María estará aquí en cualquier momento.
Manuel se alejó un poco, para romper la tensión que Raquel había creado. Raquel llamando, sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y diversión. —Es verdad, María estará aquí pronto, jaja. No quiero que te empalmes mirándome.
Manuel se sintió un calor subirle a las mejillas, su corazón latía más fuerte. —Lo siento, no quería —comenzó a decir, sintiéndose culpable. Raquel se acercó más, su voz bajó a un susurro. —No te preocupes, Manuel. Solo estoy jugando. Pero si alguna vez quieres algo más que mirar, ya sabes dónde encontrarme.
Al salir de la casa, Raquel se encontró de frente con María, que regresaba de hacer las compras, con bolsas de la tienda en cada mano. —Hola, cariño —dijo Raquel, con una sonrisa tan dulce como venenosa—, tu marido me ha prestado sal.
María parpadeó, sorprendida. —¿Raquel? —preguntó, mirando a su vecina con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—Sí, María. Solo vine a pedir un poco de sal. Manuel es tan amable, ¿verdad?
—dijo Raquel, ignorando la mirada incrédula de María.
María frunció el ceño, sus sospechas sobre Raquel se fortalecieron. —Sí, Raquel —respondió, su voz tensa—. Mi esposo es muy amable.
Raquel se inclinó hacia adelante, mirando a María a los ojos, —Lo sé, María. Lo sé —dijo, su tono cargado de insinuación.
María no pudo evitar sentir una oleada de celos y desconfianza. — ¿Por qué dices eso? —preguntó, tensando los labios.
Raquel se alejó con una sonrisa misteriosa. —Solo lo digo porque es verdad, María.
Manuel es muy amable y muy atractivo. Es fácil entender por qué te casaste con él. —Raquel continuó con su juego, disfrutando de la reacción de María.
Raquel: Bueno, me marcho, que algunas tenemos que ir al gimnasio.
La frase de Raquel hizo que María se quedara boquiabierta. No podía creer que su vecina hubiera tenido la audacia de decir algo tan directo y provocador. Manuel, que había estado observando la conversación desde la cocina, se acercó con cautela.
— ¿Todo bien, querida? —preguntó, colocando una mano en el hombro de María.
—Sí, no pasa nada —respondió María, tratando de mantener la calma, pero su voz temblaba ligeramente.
María entra a la casa con cara de preocupación.
— ¿Estás bien? —insistió Manuel, notando la tensión en su rostro.
—Sí, Manuel. Solo... solo fue una conversación. —dijo María, intentando sonreír, pero sus ojos reflejaban una mezcla de enojo y preocupación.
—Es solo que Raquel tiene una manera de hablar que me pone un poco incómodo.
Manuel ascendiendo, comprendiendo las preocupaciones de su esposa.
—Lo entiendo, María. Tú sabes que no hay nada entre Raquel y yo. Eres la única para mí.
No te preocupes." Manuel intentó tranquilizar a María, pero ella seguía inquieta. "Sí, pero no me gusta cómo se refiere a ti", respondió María, su voz llena de preocupación. "Es como si... como si ya te conociera de antes".
Manuel se pasó una mano por el cuello, sintiendo el calor de la tensión en la habitación. "Lo siento, María. No quise que te sientas incómoda. Fue solo un comentario tonto de su parte."
María se sentó en una de las sillas de la cocina, mirando fijamente a Manuel. "Lo sé, pero no me gusta. Tiene una forma de hablar y de moverse que...
Dejaron la conversación y cenaron juntos, el ambiente en la cocina se volvió más relajado.