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Scandal in The coast of Sun

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Personajes +18: Raquel: Vecina de Manuel y María, tetas enormes, morena y adora robar hombres de mujeres casadas. Manuel: marido de maría, moreno, alto y fuerte. María: Mujer de Manuel. La historia tiene lugar en Estepona Escena 1: Raquel con un vestido negro super provocativo llega a la casa de María y Manuel para pedir un poco de sal. Manuel abre la puerta sin camiseta y ella suelta comentarios seductores. Escena 2: Raquel está en la piscina, con un bikini de leopardo, y llegan María y Manuel, Raquel comienza hablar con María, intentado sacar información sobre Manuel Escena 3: Raquel en la piscina pide a Manuel que le eche crema, Manuel se empalma y María se enfada, pero Manuel y Raquel no llegan a hacer ningún acto sexual. Escena 4: Raquel, con un vestido rojo y muy corto se ofrece a dar clases de salsa a Manuel y María, todo es una excusa para poder acercarse a Manuel. Escena 5: Raquel finge quedarse fuera de su casa sin llaves, y casualmente lleva solamente una lencería y llega a la casa de Manuel y María, pero esta vez solo está Manuel.

Chapter 5: Last chance

El domingo de esa misma semana, María salía a hacer la compra. Manuel aprovechó el momento para meditar sobre lo sucedido y reflexionar sobre su comportamiento.

Mientras María se preparaba para salir, se colocó la cartera en el hombro y se ajustó el pañuelo en la cabeza. Manuel, sentado en la mesa de la cocina, intentaba mantener la calma. —Voy a comprar las cosas para la cena —dijo María, su voz tensa—. Volveré en un par de horas.

Hasta luego, Manuel —dijo María, saliendo por la puerta principal. Casi al instante, el sonido de algo golpeando la cristalera de la puerta trasera resonó en el aire. Manuel, aún sentado en la mesa de la cocina, se sobresaltó. María se había ido y Manuel fue a comprobar quién era. Se levantó rápidamente y se dirigió a la puerta trasera, abriéndola con precaución.

Allí estaba Raquel, vestida con una lencería negra que resaltaba sus curvas y dejaba poco a la imaginación. Manuel, sorprendido por la aparición de su vecina, no pudo evitar sentir una mezcla de deseo y culpa. —Raquel, ¿qué haces aquí? —preguntó, intentando mantener la calma, pero su voz temblaba ligeramente.

Raquel entró rápidamente, cerrando la puerta tras ella. —Gracias, Manuel. Me he quedado fuera de mi casa sin llave. Podría esperar aquí, ¿vale?

Manuel, aunque sorprendido, trató de mantener la calma. —Por supuesto, Raquel. Hazte cómoda.

Raquel se dirigió al sofá y se sentó, cruzando las piernas y mostrando una parte generosa de su muslo. Manuel, tratando de mantener la distancia, se sentó en una silla cercana.

—¿Te apetece un café o algo?

—preguntó Manuel, tratando de mantener la conversación neutral.

Raquel, sin perder su mirada desafiante, respondió con una sonrisa maliciosa en los labios. —No, gracias Manuel. ¿Tienes whisky?

Manuel, sorprendido por la solicitud, vaciló por un momento. —Sí, tengo whisky. ¿Por qué? —respondió, tratando de sonar casual, pero sintiendo una oleada de desconfianza.

Raquel se levantó del sofá y se dirigió a la cocina, abriendo un armario y sacando una botella de whisky y dos vasos. —Porque un poquito de whisky puede ayudar a relajar la tensión, ¿verdad?

—dijo Raquel, cogiendo la botella y mientras se servía, agarró el paquete de Manuel que había dejado en la mesa.

Manuel, al ver el gesto, se sobresaltó. —Raquel, ¿qué haces? —preguntó, su voz llena de sorpresa y desconfianza.

Raquel, con una sonrisa provocadora en los labios, miró a Manuel y le tendió el paquete. —Lo siento, Manuel, me acerqué y no pude evitar agarrarlo. —dijo, su voz cargada de desafío.

Raquel, con una sonrisa traviesa en los labios, se acercó a Manuel, pasando una mano por su entrepierna, sintiendo la erección de Manuel a través de sus pantalones. —Crees que puedo probar tu cipote, grandullón? —preguntó Raquel, su voz suave pero firme, haciendo que Manuel se estremeciera con la provocación.

Manuel, sorprendido por la audacia de Raquel, intentó apartarse, pero la intensidad de su agarre lo mantenía firme. —Raquel, no debemos hacer esto —dijo, su voz temblando con la mezcla de deseo y culpa. —María está en cualquier momento.

—murmuró Manuel, tratando de mantener la calma frente a la provocación de Raquel.

—Pues no te preocupes, cariño. —respondió Raquel, acercándose aún más a Manuel y bajando la voz a un susurro—. Has visto lo que traigo puesto para ti? Esta lencería no se va a quitar sola.

Manuel intentó mantener la distancia, pero la proximidad de Raquel y su descarada propuesta hacían que su corazón latiera con fuerza. —Raquel, no debemos hacer esto. María va a volver en cualquier momento.

—Lo sé, Manuel. —dijo Raquel, pasando una mano por su cintura y acercándose aún más—.

Manuel, con los ojos fijos en la lencería negra que dejaba poco a la imaginación, sintió un escalofrío recorrer su espalda. —Raquel, no puedo hacer esto —respondió, su voz temblando con la mezcla de deseo y culpa.

Sin más preámbulos, Raquel lo empujó hacia la cama, deshaciéndose de su propia ropa con una rapidez y destreza que dejó a Manuel sin opción. Se encontró tumbado en la cama, mirando con sorpresa cómo Raquel se quitaba la lencería negra, dejando al descubierto su cuerpo desnudo. La botella de whisky aún en la mano, se acercó a Manuel, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y lujuria.

—Un trago para ti —dijo Raquel, inclinándose sobre él y vertiéndole un poco de whisky en la boca.

Manuel, con los ojos anclados en el cuerpo desnudo de Raquel, tragó sin pensar. El alcohol le quemó la garganta, pero fue una quemadura que se mezcló con el fuego que ya ardía dentro de él.

Raquel comenzó a desvestir a Manuel, sus movimientos ágiles y decididos. Sintió cómo sus manos caían sobre su pecho, desabrochando los botones de la camisa con una destreza que lo dejó sin aliento. —Yo también quiero un trago —susurró Raquel, inclinándose hacia adelante y besando su cuello, mientras vertía un poco de whisky en su propia boca y luego en la de Manuel.

El líquido dorado resbaló por sus labios y se mezcló con el sabor de su piel.

Raquel, sin perder el contacto con sus labios, comenzó a desvestir a Manuel. Sus movimientos eran ágiles y decididos. —Raquel, no —murmuró Manuel, pero su voz no sonaba muy convencida.

La tensión en el aire era palpable, y la proximidad de Raquel desvanecía cualquier resistencia que Manuel pudiera tener.

Manuel quedó en boxers simplemente, sin tiempo para darse cuenta de cómo Raquel había manejado la situación tan rápidamente. La botella de whisky aún en la mano, Raquel se acercó a él, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y lujuria.

—Te voy a realizar un striptease —dijo Raquel, con una sonrisa maliciosa en los labios.

Comenzó a moverse al ritmo del whisky, desprendiendo poco a poco la delicada lencería negra que cubría su cuerpo. Primero, levantó la tanga de encaje que se adhería a sus caderas, haciendo que Manuel sintiera la presión de la tentación. Luego, desenroscó el sujetador, dejando al descubierto sus enormes pechos, que pendían ante sus ojos. Finalmente, se abandonó las medias de rojo, quedando completamente desnudo, excepto por los tacones altos que complementaban su figura.

Manuel, con los ojos fijos en el cuerpo desnudo de Raquel, sintió cómo el deseo lo consumía.

Raquel, con una sonrisa maliciosa en los labios, lo miró fijamente y ordenó: —Ahora quítate tus boxers, quiero ver ese enorme cipote. Manuel, con una mezcla de culpa y excitación, obedeció. Suavemente comenzó a bajar sus boxers, dejando ver un enorme cipote grueso, bombeando. Raquel, con los ojos clavados en su miembro, se acercó aún más, sintiendo un cosquilleo de deseo de recorrer su espalda. Manuel, aunque sabía que estaba haciendo algo malo, no pudo evitar sentir una oleada de placer al ver la reacción de Raquel.

—Mmm, qué rico —susurró Raquel, pasando una mano por su entrepierna y acariciando suavemente su cipote.

—Demasiado grande para María, es del tamaño que me gusta.

Manuel sintió una mezcla de culpa y excitación al escuchar las palabras de Raquel. Sabía que estaba haciendo algo malo, pero no podía negar el deseo que lo consumía.

Raquel, con una sonrisa maliciosa en los labios, miró su cipote y susurró: "Dime la verdad, ¿María puede con semejante cipote?" La pregunta lo tomó por sorpresa, y su mente comenzó a divagar. "No..."

Raquel, sin dejar de acariciar su cipote, se acercó aún más y susurró: "¿Qué te gusta que haga, Manuel?

¿Quieres que te lo chupe, grandullón?"

Manuel tragó saliva, sintiendo una mezcla de culpa y lujuria. "Raquel... no deberíamos..."

Raquel, ignorando sus palabras, comenzó a introducir el gran cipote en su boca, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro de su garganta. Manuel sintió una oleada de placer intenso y se mantuvo en silencio, cerrando los ojos y disfrutando del momento. Raquel movió su cabeza hacia adelante y hacia atrás, haciendo que Manuel sintiera una sensación que nunca había experimentado antes.

—Dios, Raquel, nunca me la habían chupado así —murmuró Manuel, su respiración entrecortada y su corazón acelerado. La boca de Raquel era una mezcla de suavidad y firmeza, y cada movimiento de su cabeza enviaba ondas de placer a través de todo su cuerpo.

Para Manuel, cada movimiento de la lengua de Raquel era una nueva experiencia. Ella sabía exactamente qué hacer y dónde tocar para maximizar su placer. Manuel sintió cómo su cuerpo se tensaba y temblaba, sintiendo que cada momento iba a ser el último antes de llegar al orgasmo.

Raquel, notando que estaba a punto de explotar, levantó la vista y lo miró fijamente, sus labios cubiertos de saliva y su mirada llena de deseo.

—Nunca habías estado con una mujer como yo, cariño —susurró Raquel, apartándose lentamente de su cipote y mirándolo con una mezcla de desafío y lujuria.

El cuerpo de Manuel estaba en llamas. La sensación de su boca alrededor de su cipote era una tortura exquisita, y sabía que no podía resistirse mucho más tiempo.

— ¿Qué hago, Raquel? —murmuró, su voz temblando con el deseo.

Raquel, notando su inminente orgasmo, lo mandó a callar, sentándose sobre su cara y comenzando a realizar un 69. Manuel se sorprendió al sentir el peso de Raquel sobre él, su cuerpo caliente y desnudo apretándose contra el suyo. La sensación de su lengua recorriendo su cipote fue una mezcla de placer y asombro.

—Gracias, Manuel, por ser tan grande y fuerte —susurró Raquel, pasando su lengua por la cabeza de su cipote y luego bajando por su tronco. Manuel, sin poder resistirse, comenzó a lamer el clítoris de Raquel, recordando vagamente que debía dejar de hacerlo.

Pero su cuerpo estaba totalmente dominado por el deseo. Joder, qué coño tan grande, pensó mientras se dejaba llevar por la pasión que se apoderaba de él. La respuesta de su cuerpo era clara: no podía detenerse.

Raquel, sintiendo la lengua de Manuel en su clítoris, gimió de placer y aumentó la intensidad con la que lo chupaba. —Dios, Manuel, eres un puto dios del sexo —murmuró entre jadeos, sus caderas moviéndose en círculos mientras su boca seguía trabajando en el enorme cipote de Manuel.

La combinación de sensaciones era abrumadora para Manuel.

La lengua de Raquel recorriendo cada centímetro de su cipote, y la suya explorando los pliegues húmedos y cálidos de ella, lo llevaban al borde del éxtasis. "Joder, qué coño tan grande", murmuró Manuel, perdiendo el control sobre sus palabras y sus acciones. La frase brotó de su boca como una confesión, un reconocimiento de la intensidad del placer que sentía. Raquel, sintiendo las palabras de Manuel resonar en su propio cuerpo, incrementó la presión y la velocidad con la que lo chupaba, deseando llevar al límite.

Pero antes de hacerlo, decidió agregar un nuevo elemento a la intensa sesión de sexo. Se separó brevemente de su cipote, dejando que Manuel disfrutara de un momento de descanso. Manuel, con el aliento entrecortado y el corazón acelerado, observó cómo Raquel se deslizaba hacia abajo, acercándose a sus huevos con una mirada lujuriosa en los ojos.

—Vamos a hacer esto aún más interesante, grandullón —susurró Raquel, antes de comenzar a chupar y lamer sus huevos con una pasión que dejaba a Manuel sin aliento. La sensación era nueva y electrizante, y Manuel no pudo evitar gemir de placer.

—Dios, Raquel, eres una diosa —susurró, su voz llena de deseo y sorpresa. Raquel, sintiendo la reacción de Manuel, aumentó la intensidad de sus movimientos, pasando su lengua por todo el contorno de sus huevos con una precisión que hizo que Manuel estremeciera. —Dios, son enormes —murmuró Raquel, mirando con admiración el tamaño y la forma de los huevos de Manuel. La combinación de su lengua y sus palabras era una mezcla poderosamente erótica, que hizo que Manuel se sintiera aún más excitado.

Mientras Raquel chupaba y lamía sus huevos, Manuel, impulsado por una mezcla de deseo y curiosidad, finalmente dejó que su lengua se aventurara hacia la zona prohibida. La punta de su lengua encontró primero el clítoris de Raquel, y ambos gimieron al tiempo. Manuel se sorprendió por la intensidad del sabor y la textura que encontró allí, y Raquel respondió con un gemido profundo, su cuerpo arqueándose hacia él.

—Oh, Dios, Manuel, sigue así —susurró Raquel, su voz llena de deseo y urgencia.

La lengua de Manuel se adentró más profundamente, explorando cada rincón de su sexo, y Raquel respondió con un gemido profundo y prolongado. La combinación de sus bocas y lenguas creó una sinfonía de placer que los consumía completamente. Manuel, aunque sabía que estaba cruzando una línea que no debía, no podía resistirse a la intensidad del deseo que sentía. Cada movimiento de su lengua era recompensado con un gemido de Raquel, y esos sonidos intensificaban aún más su propio placer.

—Joder, Manuel, eres increíble —murmuró Raquel, su cuerpo temblando bajo él.

Sin perder tiempo, Raquel se sentó sobre la polla de Manuel, de espaldas a él, y comenzó a follárselo. Manuel, sorprendido por la audacia y la rapidez con la que Raquel había tomado el control, sintió cómo su cuerpo temblaba de deseo y excitación. La sensación de su polla siendo empalada por el coño húmedo y caliente de Raquel era abrumadora.

—Dios, Raquel, estás tan apretada —gimió Manuel, sus manos aferrándose a sus caderas. Raquel comenzó a moverse lentamente al principio, sintiendo cómo cada centímetro de Manuel la llenaba completamente.

Pero pronto, su deseo se intensificó y comenzó a cabalgarlo con más fuerza. Sus caderas se movían con una intensidad y un ritmo que dejaban claro que no iba a detenerse hasta sentir el clímax.

Manuel, sorprendido por la agresividad de Raquel, intentó mantener el control. Sin embargo, su propio deseo lo consumía y no pudo resistirse mucho tiempo. Sintió cómo sus manos se apretaban en sus caderas, ansioso por mantenerla cerca mientras ella lo montaba con una fuerza que le quitaba el aliento.

—Dios, Raquel, ¿estás loca?

—gimió Manuel, la intensidad de sus movimientos aumentando con cada segundo. Raquel, con un gemido desesperado, estaba casi gritando de placer. Manuel pudo sentir cada pulso de su cuerpo, cada gemido que emitía mientras cabalgaba sobre él.

—Sí, Manuel, ¿te gusta? —respondió Raquel, su voz llena de deseo y satisfacción. —Dame más, Manuel, muéstrame lo que vales.

Manuel, sin poder resistirse más, dejó que sus instintos tomaran el control. Sus manos se deslizaron por la espalda de Raquel, sintiendo cada curva de su cuerpo.

Cada movimiento de sus caderas resonaba en él, y Manuel pudo sentir cómo crecía la intensidad de su deseo. De repente, Raquel aumentó la velocidad y la fuerza de sus movimientos, haciendo que su culo rebotara contra los muslos de Manuel con un sonido seco y fuerte. El trasero de Raquel golpeando los muslos de Manuel, enviando una sacudida de placer a través de él. Manuel podía sentir el calor de su piel contra él, la tensión de su agarre alrededor de su polla intensificándose con cada bofetada.

El sonido de sus cuerpos al chocar llenó la habitación, un golpeteo rítmico que pareció resonar por toda la casa. Manuel sintió una oleada de deseo primario, sus manos agarrando las caderas de Raquel con más fuerza como para estabilizarla, pero también para acercarla más.

Como si quisiera poseerla por completo, sus dedos comenzaron a explorar, rogando más. Sus manos rogaron más, exploraron más. Exactamente cuando Raquel aumentó la velocidad y la fuerza de sus movimientos, esas manos se deslizaron hacia arriba, subiendo por su espalda y finalmente encontrando sus pechos. Manuel los agarró con firmeza, sintiendo la suavidad y el peso de ellos bajo sus palmas. Raquel respondió con un gemido profundo, sintiendo cómo su cuerpo era dominado por Manuel. Sus manos apretaron sus pechos, sintiendo cada curva y cada movimiento de sus cuerpos en perfecta armonía.

Raquel, con un gemido salvaje, aumentó la intensidad de sus movimientos, sintiendo cómo cada centímetro de Manuel la llenaba y la consumía. Manuel, con un deseo descontrolado, comenzó a moverse con más fuerza, coincidiendo con los movimientos de Raquel.

Los gemidos de ambos llenaron la habitación, mezclándose en una sinfonía de deseo y placer. La tensión entre ellos alcanzó su punto máximo, y cada movimiento llevaba a un clímax inevitable. Raquel, con un grito de placer, se corrió sobre Manuel, sintiendo cómo las ondas de éxtasis recorrían cada fibra de su cuerpo.

Manuel, no pudiendo contenerse más, explotó dentro de ella con una intensidad que lo dejó sin aliento. Eyaculó tanto semen que sobresalió del coño de Raquel, esparciéndose por sus muslos y el colchón. El orgasmo de Manuel fue tan fuerte que sintió cómo su cuerpo temblaba y su mente se desvanecía en un mar de sensaciones.

Raquel, jadeando y tratando de recuperar el aliento, se deslizó lentamente hacia atrás, sintiendo cómo el semen de Manuel resbalaba por sus piernas. Manuel, con los ojos cerrados y el cuerpo aún temblando, intentaba procesar lo que acababa de suceder.

Raquel, sin perder tiempo, se deslizó hacia arriba, apoyando su cabeza sobre el pecho de Manuel y besándolo con pasión. Manos y labios exploran cada centímetro de su piel, sintiendo cada latido de su corazón.

Raquel, con una sonrisa traviesa en los labios, se acercó más a Manuel y lo besó intensamente, metiéndole la lengua en la boca. Manuel, sorprendido por la audacia del gesto, respondió al beso con una mezcla de deseo y sorpresa. La lengua de Raquel era una delicia, explorando cada rincón de su boca con una habilidad que lo dejaba sin aliento.

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