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Hasta que el sexo nos separe.

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Personajes+18 Anabel: amiga de María, labios gordos, tetas enormes y un culo grande , se ha follado a todos los novios de María, aunque ella le ha perdonado. María: amiga de Anabel, y futura esposa de Manuel Manuel: futuro esposo de María, alto , fuerte y guapo. Escena 1: Anabel está hablando con una amiga de María, Marta, y Marta le cuenta que Manuel tiene 35 cm de pene, lo que vuelve loca de deseo a Anabel. Escena 2 Anabel va a recoger el día de la boda a Manuel para llevarlo al altar, y mientras lo ayuda a vestirse ve su enorme pene y le práctica una felación. Escena 3. En la iglesia, Anabel se interpone en el matrimonio y le hace el amor a Manuel delante de todos los presentes.

Chapter 2: Building Tension

Anabel salió de su coche y el sol del atardecer proyectó sombras largas y cálidas sobre el modesto complejo de apartamentos de Manuel. Había estado nervioso durante todo el trayecto, el corazón le latía en el pecho como un tambor. La expectación la enloquecía y sentía un hormigueo en el cuerpo con una mezcla de emoción y miedo. Respiró profundamente y el aroma a jazmín de las plantas cercanas le inundó las fosas nasales, y se dirigió a la puerta principal.

Mientras llamaba, oyó el débil sonido de pasos que se acercaban desde el otro lado. La puerta se abrió y apareció Manuel. Era alto y fuerte, sus músculos eran visibles debajo de su camisa a medio abrochar.

Su cabello estaba húmedo, como si acabara de salir de la ducha, y su colonia llenaba el aire con un aroma embriagador y masculino. Anabel sintió una oleada de calor entre sus piernas al verlo.

—¡Hola, Manuel! —ronroneó, con voz seductora—. Estoy aquí para ayudarte a prepararte para la boda.

Manuel sonriendo y recorrió con la mirada su cuerpo con admiración. "Gracias, Anabel. Aprecio tu ayuda".

Él se hizo a un lado para dejarla entrar, y ella pasó rozándolo, su pecho rozando su brazo.

Ella sintió una sacudida eléctrica ante el contacto y lo vio tragar fuerte, sus ojos se dirigieron rápidamente a su escote antes de apartar rápidamente la mirada.

—Ponte cómodo, Manuel —dijo en voz baja y ronca—. Voy a… comprobar si tu traje está bien planchado.

Entró en el dormitorio con el corazón palpitando con fuerza en el pecho. La habitación estaba impregnada del aroma de una colonia cara y las paredes estaban adornadas con obras de arte de buen gusto. Pero lo que más llamaba la atención era la gran cama, con sus sábanas y almohadas arrugadas que delataban que Manuel había estado allí unos minutos antes.

Anabel sintió una oleada de calor entre las piernas al pensar en él acostado allí, con su cuerpo desnudo y listo. Lo oyó seguirla hasta la habitación y, cuando se giró para mirarlo, vio que la observaba con una intensidad que le cortaba la respiración.

—Entonces, ¿por dónde empezamos? —preguntó, con su voz tan grave que le provocó escalofríos en la columna vertebral.

Anabel se lamió los labios, con la boca seca repentinamente. —Bueno, pensé que podríamos empezar con tu camisa —dijo, su voz apenas por encima de un susurro. Se acercó a él, sus senos rozando su pecho mientras buscaba los botones de su camisa.

—Déjame ayudarte con eso —murmuró, sus dedos rozando su piel mientras comenzaba a desabrochar los botones.

A Manuel se le cortó la respiración cuando su contacto le provocó una descarga eléctrica. Observó sus manos, sus largas uñas haciendo un trabajo rápido con los botones, y sintió que su pene se contraía de anticipación. Cubrió su mano con la suya, deteniendo sus movimientos.

—Anabel, ¿qué estás haciendo? —preguntó con la voz ronca por el deseo.

Ella lo miró, sus grandes ojos de cierva llenos de una mezcla de inocencia y picardía. "Solo te ayudo a prepararte", dijo, con voz ronroneante.

"No quieres llegar tarde a tu propia boda, ¿verdad?"

Manuel se quedó sin aliento cuando los dedos de ella le rozaron el pecho, desabrochando su camisa botón a botón. Sintió que su pene se ponía rígido, presionando contra los confines de sus pantalones. Quería follarla. Desesperadamente. Pero no podía quitarse la sensación de que estaba jugando con fuego.

—Anabel, sabes que esto está mal —murmuró, con la voz tensa por el deseo.

Se mordió el labio inferior y una sonrisa juguetona tiró de su boca. "¿Quién dice que está mal?

—Anabel respondió, su voz era un ronroneo sensual mientras se acercaba, sus pechos rozando el de él. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, podía ver el deseo en sus ojos. —Tú eres un hombre y yo soy una mujer. A veces, las cosas simplemente... pasan.

Manuel tragó saliva con fuerza, su nuez de Adán se movía mientras intentaba mantener el control. Pero con Anabel tan cerca, su aroma llenando sus fosas nasales, su cuerpo presionando contra el suyo, cada vez era más difícil resistirse.

—Anabel... me caso hoy —dijo, con su voz apenas por encima de un susurro.

—Anabel... —murmuró, su voz ronca por el deseo.

Anabel sonriendo, una sonrisa que prometía más de lo que podía ofrecer. —Lo sé, Manuel —dijo, sus ojos abiertos y brillantes—. Pero Marta me contó detalles de ti.

Manuel se detuvo en seco, su expresión cambiando de deseo a sorpresa. —¿Marta? —preguntó, tratando de procesar la información que acababa de recibir.

Anabel ascendió, sus dedos aún rozando su pecho. —Sí, Marta. Ella mencionó..

que tienes una polla enorme

Manuel se quedó sin aliento por un momento, sorprendido por la audacia de sus palabras. Sus ojos se ensancharon y una oleada de deseo lo inundó. Anabel, notando su reacción, se acercó aún más, sus labios carnosos rozando su oreja.

—Dime, Manuel, ¿es verdad? —susurró, su voz ronroneante y llena de intención—. ¿Tienes una polla enorme?

Manuel tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo su pene se endurecía aún más bajo la provocación.

La habitación se llenó de un silencio cargado, interrumpido solo por el sonido de sus respiraciones agitadas. Anabel se apartó lentamente, mirándolo a los ojos con una mezcla de desafío y deseo.

—¿Qué coño estás esperando, Manuel? —preguntó, su voz llena de provocación—. ¿No quieres mostrarme lo que tienes?

Manuel no pudo evitar sentir una oleada de deseo al escuchar las palabras de Anabel.

Su mente se llenó de imágenes explícitas, y su cuerpo respondió con un arrebato de calor. Sus manos, que antes estaban quietas, ahora se movieron con determinación, agarrando la cintura de Anabel y jalándola hacia él.

"No sé qué juegos estás tratando de jugar, Anabel, pero no estoy seguro de que sean sabios", murmuró Manuel, su voz ronca y llena de deseo.

Anabel llamando, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y lujuria. "¿Juegos? No hay ningún juego, Manuel. Solo quiero verlo, tocarlo, sentirlo dentro de mí. Dame lo que merezco, lo que necesito".

Manuel sintió una oleada de deseo ardiente recorrer su cuerpo. Su pene, ya completamente erecto, latía con anticipación.

Su mente estaba en llamas, bombardeada por imágenes explícitas de Anabel y él, de todas las formas en que podrían entrelazar sus cuerpos. La lujuria lo consumía, y cada fibra de su ser gritaba por tenerla.

Manuel la miró fijamente, sus ojos oscuros y llenos de deseo. "Quieres jugar con fuego, Anabel. Pero no puedo negar que tampoco puedo resistirme a ti."

Anabel excitante, una sonrisa pícara y seductora.

"Entonces, ¿qué coño estás esperando, Manuel? ¿No quieres mostrarme lo que tienes?"

Antes de que Manuel pudiera responder, Anabel se dejó caer de rodillas frente a él, sus manos descansando en sus muslos. La expresión de Manuel se tensó con una mezcla de sorpresa y deseo. Sus ojos se ensancharon mientras observaba a Anabel arrodillada ante él, sus labios carnosos apenas un suspiro de distancia de su ahora muy evidente erección.

"¿Qué demonios estás haciendo, Anabel?" -preguntó Manuel, su voz ronca y llena de tensión.

Anabel alarmante, su mirada traviesa y llena de intención.

"¿Qué coño estás esperando, Manuel? Antes de que Manuel pudiera responder, Anabel se agachó lentamente, sus manos deslizándose hacia su cinturón. Con un movimiento rápido y decidido, desenroscó el cinturón y lo dejó caer al suelo con un sonido metálico.

Manuel jadeó al sentir la presión de sus manos en su cintura. "Anabel, esto es una locura. ¿Qué estás haciendo?"

Anabel lo miró fijamente, su sonrisa juguetona y provocadora. "Solo quiero verlo, Manuel. Quiero ver lo que tiene para ofrecer".

Manuel se estremeció ante sus palabras, el deseo palpitando en cada fibra de su ser. Sin decir una palabra, Anabel comenzó a desabrochar su cinturón, sus dedos trabajando con una rapidez y destreza que dejaban claro que había tenido práctica. A cada botón que soltaba, su respiración se hacía más agitada, y la tensión en la habitación crecía. Manuel observaba con la boca seca y el corazón latiendo con fuerza, mientras Anabel bajaba su cinturón y lo dejaba caer al suelo con un sonido metálico.

Con movimientos rápidos y decididos, desabrochó su cinturón y los botones de sus pantalones. Manuel se estremeció al sentir sus manos frías y firmes sobre su cuerpo. LOS 35 CM DE MANUEL SURGIERON DE SU BOXER, SORPRENDIENDO A ANABEL. Ella dejó escapar un gemido suave, sus ojos se ensancharon y sintió una oleada de deseo y cierta sorpresa. La magnitud de Manuel era impresionante, más allá de lo que había imaginado.

"Dios mío, Manuel", susurró Anabel, su voz llena de admiración y deseo.

"Eres muy grande, papi". Sus ojos se ensancharon al ver la magnitud de su erección, y un tintineo de anticipación recorrió su cuerpo. Manuel tragó saliva con fuerza, sintiendo cómo su pene palpitaba con deseo bajo la mirada de Anabel. "Anabel, esto... no deberíamos", murmuró, aunque su cuerpo gritaba por tenerla.

"¿Por qué no?", preguntó Anabel, su voz ronca y llena de deseo. Se acercó más, sus labios carnosos rozando la punta de su pene, y dejó caer una gota de saliva sobre él. Manuel jadeó, sintiendo una oleada de placer recorrer su cuerpo.

Anabel, sin perder tiempo, tomó su miembro con ambas manos y lo llevó lentamente a su boca. "Dios mío, Manuel, eres impresionante", murmuró ella, sus labios carnosos rozando suavemente la cabeza de su pene. Manuel se estremeció, sintiendo la calidez y la humedad de su boca envolverlo. La sensación era tan intensa que tuvo que apoyarse en la pared para mantenerse en pie. Anabel comenzó a moverse lentamente, sus labios deslizándose hacia abajo, tomando cada centímetro de él en su boca. Manuel gimió, sintiendo su pene aguantar aún más bajo el lento movimiento.

-Anabel, no...

Las caderas de Manuel comenzaron a moverse instintivamente, follando la boca de Anabel. Ella lo tomó más profundamente, sus labios se estiraron alrededor de su circunferencia, su lengua se arremolinó alrededor de la sensible cabeza. Manuel no pudo evitar embestirla, su respiración se convirtió en jadeos entrecortados mientras ella lo tomaba.

—Joder, Anabel —gruñó, aferrándose a su pelo con las manos—. Me estás volviendo loco.

Anabel gimió en respuesta, la vibración le provocó escalofríos en la espalda. Ella lo miró, con los ojos llorosos pero llenos de deseo. La mente de Manuel era un torbellino de pensamientos, tratando de procesar la situación. Sabía que debía detenerse, sabía que estaba jugando con fuego, pero la sensación de la boca de Anabel sobre él era demasiado buena para resistirla.

Él comenzó a moverse más rápido, sus caderas empujando su polla más profundamente dentro de su garganta.

Anabel lo absorbió, sus labios se estiraron alrededor de su circunferencia, su lengua se arremolinó alrededor de la sensible cabeza. La respiración de Manuel se entrecortó, sus manos apretaron su cabello mientras la penetraba, el placer aumentaba con cada embestida.

—Joder, Anabel —gruñó, y su cuerpo se tensó mientras ella lo penetraba aún más profundamente. Ella gimió en respuesta, y las vibraciones resonaron en él y provocaron un deseo feroz. Su mente corría a toda velocidad, tratando de seguir el ritmo de las sensaciones que recorrían su cuerpo.

Pero lo único que podía concentrarse era en la forma en que Anabel lo tomaba, de la manera en que sus labios se estiraban alrededor de él, y en la humedad de su boca que envolvía su pene. La respiración de Anabel se entrecortaba, sus ojos se llenaban de lágrimas mientras lo tomaba más profundamente, su cabeza subiendo y bajando sobre su polla. Manuel miró hacia abajo, observando cómo su garganta se contraía alrededor de su pene, y sintió una oleada de placer que recorrió su cuerpo.

—Joder, Anabel —gruñó, apretando su cabello con más fuerza—. Eres increíble.

No sé cómo hacer esto con mi boca sin lastimarme. Anabel miró hacia arriba, sus ojos llorosos pero llenos de deseo. Su garganta ya estaba adolorida por el tamaño de Manuel, pero no podía dejar de adorar cada centímetro de su polla. "Que gorda es Dios mío", susurró entre jadeos, sus labios estirados al máximo para acomodarlo.

Manuel jadeaba, el placer que sentía era indescriptible. Ver a Anabel arrodillada ante él, sus labios luchando por mantener su enorme pene dentro de su garganta, era una visión que se grabó en su mente para siempre.

Manuel sintió una ola de deseo primitivo y, sin poder resistirse más, agarró con fuerza su pelo, empujando su cuerpo hacia adelante y atrás, follando su boca con cada movimiento. Los jadeos de Anabel vibraban alrededor de su polla, enviando ondas de placer que recorrían cada fibra de su ser.

—Joder, Anabel —gruñó, tirando con más fuerza de su cabello—. Eres una puta adicta a la verga.

Anabel gemía y gimoteaba, sus lágrimas cayendo por sus mejillas mientras intentaba adaptarse a su tamaño.

"No estoy jugando, Manuel. Solo quiero lo que merezco."

Manuel sintió un impulso irrefrenable hacia ella. Su cuerpo respondía con una urgencia primitiva que no podía ignorar. Sus manos se movieron con una determinación que reflejaba su deseo ardiente. Agarró su pelo y lo jaló hacia atrás, expuesta, vulnerable. Luego, su boca buscó la de ella, juntándose con una intensidad que hizo que ambos jadearan.

"Correte, Manuel," susurró Anabel, su voz ronca y llena de deseo. Manuel la miró fijamente mientras sus cuerpos se arrastraban hacia la cama, sus manos desgarrando ropa con desesperación. "Quiero que te corras en mi boca, quería sentirte dentro de mí". La habitación estaba cargada con un aroma de lujuria y deseo, y cada movimiento que hacían aumentaba la tensión entre ellos.

Manuel se estremeció al escuchar sus palabras. La urgencia en su voz no era algo que pudiera ignorar. Su cuerpo respondió instantáneamente, sintiendo cómo cada músculo se tensaba con anticipación.

"Estás loca, Anabel", murmuró, aunque su voz revelaba el deseo que sentía.

Anabel gimió, el sonido lleno de placer y desesperación mientras sus labios se estiraban alrededor de la enorme polla de Manuel. Manuel jadeó al sentir su pene golpear la parte posterior de su garganta. "Dios mío, Anabel", gruñó, agarrando con más fuerza su cabello para controlar la profundidad de sus movimientos.

Anabel lo tomó aún más profundamente, sus labios estirándose al máximo para acomodarlo. La sensación de tener su enorme pene llenando su garganta era una combinación de dolor y placer que la enloquecía.

Anabel sintió cómo su cuerpo se tensaba, y sus manos agarraron con más fuerza los muslos de Manuel, sabiendo que no tardaría en venirse. La intensidad de su respiración y los jadeos entrecortados le indicaban que estaba cerca del borde. Manuel, moviéndose con más rapidez, sintió cómo su pene palpitaba con deseo, preparándose para el clímax. "Voy a correrme en tu boca, Anabel", gruñó, su voz rozando el límite de la cordura.

La respiración de Anabel se entrecortó aún más, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Manuel sintió cómo su cuerpo se tensaba al máximo, y supo que estaba a punto de venirse. Con un gruñido primitivo, agarró con firmeza la cabeza de Anabel y empujó su polla más profundamente en su garganta.

Segundos después, sintió una oleada de placer que recorrió su cuerpo como un relámpago. Gimió con fuerza, sintiendo cómo su semen estallaba en su garganta, llenando cada rincón.

Anabel lo tomó todo, tragando cada gota, mirándolo fijamente mientras lo hacía. Su cabeza se inclinaba hacia atrás, sus ojos se llenaban de lágrimas y su boca se estiraba alrededor de su pene, asegurándose de no perder ni una sola gota. La sensación de su semen llenando su garganta la hizo estremecerse, y sus manos apretaron con más fuerza los muslos de Manuel.

Cuando finalmente se retiró, jadeando y con los ojos llenos de lágrimas, Manuel la miró con una mezcla de asombro y deseo.

Anabel, con una sonrisa pícara, lamió sus labios, limpiando los restos de su semen y dejando un resplandor húmedo en su boca.

—Eso fue increíble, Manuel —susurró, con voz ronca y llena de satisfacción—. No sé cómo hice que mi garganta aguantara eso.

Manuel, todavía jadeante y con el corazón latiendo con fuerza, se sentó en la cama. Observó cómo Anabel se levantaba lentamente, sus rodillas temblando y su camisa desabrochada, revelando sus pechos generosos.

—Anabel, eso fue... —murmuró, buscando las palabras adecuadas—.

Anabel, no podemos decir nada de esto. No podemos dejar que nadie se entere.

Manuel observó cómo Anabel se enderezaba lentamente, aún temblando de la experiencia. Sus rodillas aún estaban débiles y su camisa estaba completamente desabrochada, exponiendo sus pechos generosos. —Tienes razón, Manuel —asintió, su voz aún ronca—. Eso fue demasiado arriesgado. No podemos arruinar tu boda.

Anabel se acercó a él y le dio un beso suave en la mejilla. —Pero fue increíble, Manuel. Nunca olvidaré esto.

La forma en que te corriste en mi boca, el sabor de tu semen, todo. Ese fue el mejor puto momento de mi vida.

—Anabel, esto no puede volver a suceder —dijo Manuel, su voz aún jadeante y llena de conflicto.

Anabel se acercó más, sus pechos rozando su tórax.

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