Chapter 3: Rising Action
La iglesia era una estructura grandiosa y ornamentada, con vitrales que proyectaban patrones caleidoscópicos sobre el frío piso de mármol. El aire estaba cargado con el aroma del incienso y el suave zumbido de las oraciones, lo que creaba una atmósfera de solemnidad y reverencia. Los bancos estaban llenos de invitados, con la mirada fija en el altar donde se encontraban Manuel y María, y la voz del sacerdote se escuchaba como un zumbido de fondo.
Anabel, con el corazón latiendo como un tambor en su pecho, estaba sentada en uno de los primeros bancos, sus pensamientos eran un torbellino de lujuria y anticipación.
La vestimenta provocativa de Anabel no pasó desapercibida para los invitados. Vestía un vestido de seda roja recortado en el escote, que revelaba generosamente sus voluptuosos pechos. La tela apretaba sus caderas y se ceñía a sus muslos largos y firmes, resaltando su voluptuosa figura. Un cinturón de cuero negro realzaba su cintura y completaba el conjunto. Sus tacones altos hacían que cada paso resaltara sus curvas, atrayendo miradas de admiración y deseo.
Vestía un vestido de seda roja recortado en el escote, que revelaba generosamente sus voluptuosos pechos. La tela apretaba sus caderas y se ceñía a sus muslos largos y firmes, resaltando su voluptuosa figura. Un cinturón de cuero negro realzaba su cintura y completaba el conjunto. Sus tacones altos hacían que cada paso resaltara sus curvas,
Manuel, de pie junto al altar, no podía dejar de mirarla.
Su presencia era abrumadora, y no podía evitar sentir una mezcla de excitación y culpa. María, sentada a su lado, no notaba el nerviosismo de su futuro esposo, ya que estaba demasiado ocupada con sus propios pensamientos. La voz del sacerdote seguía sonando lejana, como un eco en sus oídos.
De repente, una voz suave y provocadora resonó en su oído. Anabel, sentada detrás de ella, se inclinó hacia adelante y susurró en el oído de María: "Te lo dije, no puedo resistirlo. Lo quiero dentro de mí". María se sobresaltó al oír las palabras de Anabel, y sus ojos se ensancharon con sorpresa.
Se volvió lentamente para enfrentar a su amiga, su mirada se quedó clavada en el provocativo vestido rojo que llevaba puesto Anabel. Sus labios se comprimieron en una línea fina, y su rostro se tiñó de una mezcla de sorpresa y asco. —susurró María, intentando mantener la calma, pero su voz delataba su indignación.
Anabel, con una sonrisa pícara en los labios, se echó hacia atrás en el banco, cruzando las piernas y resaltando aún más su figura voluptuosa.
—¿Qué? —preguntó Anabel, finciendo inocencia—.
¿Qué te parece si me coloco aquí, a tu lado? ¿Te gustaría eso, María?
María abrió los ojos de par en par, sorprendida por la audacia de su amiga. Antes de que pudiera responder, Anabel se arrastró por el banco y se sentó junto a ella, sus caderas rozando el vestido de novia de María. —Voy a follarme a tu novio, María —susurró Anabel, su voz llena de desafío y lujuria.
María se sobresaltó, su rostro palideció y sus ojos se ensancharon con incredulidad y furia. — ¿Qué dijiste?
— María jadeó, apenas contenida. Anabel se levantó lentamente, su vestido rojo deslizándose suavemente sobre sus caderas. Con un paso firme y decidido, se dirigió hacia el altar, deslizándose por entre los asientos. Los invitados murmuraban entre sí, sorprendidos y curiosos por la osadía de Anabel. La atención de todos se centró en ella, dejando atrás los rituales sagrados de la ceremonia.
María, aún sentada en el banco, observaba con la boca abierta y los ojos llenos de incredulidad. No podía creer lo que estaba viendo. Manuel, al notar la figura avanzando hacia él, sintió una mezcla de excitación y pánico.
Anabel se acercó con paso firme y seguro, sus tacones altos clavándose en el mármol del suelo de la iglesia. La mirada de todos los invitados se volvió hacia ella, susurros y murmullos llenando la nave. Anabel, sin afectarse por el escándalo que estaba provocando, se inclinó hacia adelante y susurró en el oído del sacerdote: "Padre, quiero".
El sacerdote se sobresaltó, su mirada se ensanchó con sorpresa y una pizca de incomodidad. No podía creer lo que estaba escuchando, y mucho menos en el contexto de la ceremonia.
Anabel, con una sonrisa traviesa en los labios y sus ojos brillando con lujuria, se acercó a Manuel, que estaba paralizado por la sorpresa. "Manuel, quiero follarte aquí y ahora, quiero sentirte dentro de mí", susurró, su voz cargada de deseo y determinación. La iglesia se llenó de un silencio tenso, interrumpido solo por el sonido de los pasos de Anabel mientras avanzaba hacia Manuel. Los invitados sintieron una mezcla de escándalo y excitación, susurrando entre sí mientras observaban la escena con ojos curiosos.
Anabel, sin mirar atrás, se acercó a Manuel con un paso firme y seguro. Con una determinación de que no podía ser ignorada, lo empujó contra el altar, haciendo que el sacerdote retrocediera con sorpresa. Manuel, aún paralizado por la sorpresa, no pudo hacer nada para resistir la fuerza de Anabel.
Sin vacilar, Anabel levantó su vestido de seda roja, revelando sus largas piernas y sus generosas caderas. La tela roja contrastaba con el frío mármol del altar, creando una imagen impía en el lugar sagrado. Los invitados murmuraban entre sí, algunos tan sorprendidos como horrorizados, mientras otros no podían apartar la vista de la escena.
La iglesia, que hasta hace unos momentos estaba llena de solemnidad y reverencia, ahora resonaba con un silencio tenso y expectante.
Anabel, sin perder tiempo, levantó su vestido de seda roja, revelando sus largas piernas y sus generosas caderas. Con una decisión tomada, se arrodilló frente a Manuel, que seguía paralizado contra el altar. Sin vacilar, se sentó sobre su cara, sintiendo la textura rugosa del mármol frío contra sus muslos.
Manuel jadeó al sentir el peso de Anabel sobre él, su rostro enterrado en su centro.
Su piel estaba húmeda y caliente, y el aroma de su deseo llenó sus pulmones. Anabel, sin perder tiempo, se movió hacia adelante, sintiendo la cara de Manuel contra su sexo. La textura rasa del mármol frío del altar contrastaba con la calidez de su piel y la seda roja que la cubría.
Manuel, aún paralizado por la sorpresa, se sorprendió al sentir la humedad y el calor de Anabel en su cara. Su mente luchaba por entender lo que estaba sucediendo, pero su cuerpo respondía de inmediato. Sus labios se movieron instintivamente, buscando el centro de su deseo.
Con un gemido bajo, Anabel comenzó a mover sus caderas, frotándose contra el rostro de Manuel, sintiendo cada centímetro de su piel contra la suya.
El sacerdote, al ver la escena, no pudo contenerse y, con los ojos muy abiertos, exclamó: "¿Qué están haciendo? ¡Esto es un lugar sagrado!"
Manuel, sin poder responder, continuaba embriagado por el aroma y la textura de Anabel. Ella, con una sonrisa llena de deseo y audacia, se inclinó hacia adelante y susurró en su oído: "Lo siento, pero no puedo resistirlo. Quiero que me tomes aquí, ahora, delante de todos".
El sacerdote, con el corazón palpitando con shock y horror, intentó detenerlos.
"¡No! ¡Esto es un lugar sagrado! ¡Deben detenerse inmediatamente!"
Anabel, sin prestar atención a las palabras del sacerdote, continuó disfrutando del momento. "Joder, María, tu novio está devorando mi coño", susurró, sus caderas moviéndose con una intensidad que hacía temblar sus rodillas.
María, que había estado paralizada por la incredulidad, finalmente reaccionó. Se levantó de su asiento con una mezcla de furia y dolor. "¡Anabel, qué estás haciendo!" gritó, su voz llena de rabia y desesperación.
Mientras tanto, Anabel, sin dejar de moverse sobre el rostro de Manuel, susurró con una sonrisa malvada en los labios: "Creo que Manuel ahora es mío, María. Tú no puedes competir con esto".
María quedó paralizada en su lugar, su corazón latía con una mezcla de ira y dolor. La escena que se desarrollaba frente a sus ojos era una traición que no podía procesar. Su mente luchaba por entender cómo su amiga había tomado el control de su vida y de su boda.
La visión de Anabel sobre Manuel, con su vestido rojo y su cuerpo voluptuoso, era demasiado para soportar. Con un grito de ira y desesperación, María finalmente rompió el silencio.
El grito de María resonó por toda la iglesia, cortando el silencio tenso que había envuelto a los invitados. Los ojos de todos se volvieron hacia ella, susurros y murmullos llenando la nave. Anabel, sin dejar de moverse sobre el rostro de Manuel, susurró con una sonrisa malvada en los labios: "Creo que Manuel ahora es mío, María.
Dirigiéndose a la multitud, Anabel gritó con una voz llena de lujuria y desafío: "¡Ahora vais a ver el enorme cipote de mi futuro marido, aja aja aja!"
El murmullo de la iglesia creció en un alboroto de sorpresa y escándalo.
Sin dejar de moverse sobre el rostro de Manuel, Anabel, sin levantar su culo de la cara de Manuel, saca su miembro del pantalón, liberándolo con un movimiento rápido y decidido. La tela del pantalón de Manuel se desliza por su piel, revelando su erección, dura y palpitante.
Los invitados, en shock por la audacia de Anabel, contemplaron la escena con una mezcla de horror y morbosa fascinación. El sacerdote, con la cara pálida y los ojos muy abiertos, intentó intervenir nuevamente, pero su voz se ahogó en su garganta.
Manuel, a pesar de la situación irreverente y el entorno sagrado, no podía negar la intensa excitación que recorría su cuerpo. Su pene estaba duro como una roca, palpitando con deseo y ansiedad. Anabel, con una sonrisa pícara y sus ojos brillando con lujuria, levantó su culo del rostro de Manuel, sintiendo el aire fresco de la iglesia contra su sexo. Ella agarró con firmeza su erección, sintiendo su dureza y calor a través de la tela de su pantalón.
Los invitados, en shock por la audacia de Anabel, contemplaban la escena con una mezcla de horror y morbosa fascinación.
"Joder, es que es enorme", susurró Anabel, su voz llena de sorpresa y admiración.
"María, gracias por cuidarlo tan bien".
María, aún paralizada en su lugar, sintió que su corazón se le salía del pecho. La mirada de Anabel se encontró con la suya, y en ese momento, María supo que nada volvería a ser igual. Su amiga, a quien había confiado su corazón y su cuerpo, estaba destrozando su mundo en pedazos.
María se sintió desfallecer, su mente luchaba por procesar la traición que se desarrollaba frente a sus ojos. Anabel, con una sonrisa malvada en los labios, gritó: "¡Viva los novios!" y, sin ninguna contemplación, comenzó a mamar la polla de Manuel. El sonido de su succión resonó por toda la iglesia, un eco obsceno en el lugar sagrado.
Los invitados, en shock por la audacia de Anabel, observaban la escena con una mezcla de horror y morbosa fascinación. La boca abierta y los ojos muy abiertos, no podían desviar la mirada de la escena que se desarrollaba frente a ellos.
Anabel, con sus grandes pechos y su trasero prominente, se movía con una confianza desafiante sobre el improvisado lecho del altar. Su vestido de seda roja se había deslizado hacia arriba, revelando sus curvas generosas y su piel brillante. La tela se estiraba y se ajustaba a sus formas, resaltando aún más su figura voluptuosa.
Anabel, rubia, con sus grandes pechos y su trasero gigante, se mueve con una confianza desafiante sobre el improvisado lecho del altar. Su vestido de seda roja se había deslizado hacia arriba, revelando sus curvas generosas y su piel brillante.
Manuel, a pesar de la situación absurda y el entorno sagrado, no podía negar la intensa excitación que recorría su cuerpo. Sus manos temblaron mientras levantaba el vestido de Anabel, revelando aún más de su piel.
Anabel, sin dejar de mirar a María, susurró con una voz cargada de lujuria y desafío: "Rompe el culo, Manuel".
María, con los ojos muy abiertos y el corazón palpitando con ira y desesperación, no pudo apartar la mirada de la escena que se desarrollaba frente a ella. La iglesia estaba en silencio, excepto por los susurros y murmullos de los invitados, que no podían creer lo que estaban viendo.
Manuel, a pesar de la situación surrealista y el entorno sagrado, no pudo negar la intensa excitación que recorría su cuerpo.
Con un empujón rápido y decidido, levantó a Anabel del altar y la colocó sobre la superficie fría y dura del mármol. Anabel, sin dejar de mirar a María con una sonrisa triunfante y desafiante, se aferró a Manuel con sus largas y fuertes piernas, envolviéndolas alrededor de su cintura. La tela roja de su vestido se deslizó por sus muslos, revelando aún más de su piel y sus curvas generosas.
Manuel, con las manos temblando de anticipación y deseo, levantó el vestido de Anabel y reveló su centro, húmedo y palpitante.
Anabel, con una sonrisa pícara en los labios y los ojos brillando con lujuria, susurró: "Siento que estoy a punto de desbordarme, Manuel. Mi coño está tan mojado que puedes escucharlo". Manuel, sin poder contener su excitación, se inclinó hacia adelante y comenzó a lamer suavemente el clítoris de Anabel, sintiendo la humedad y el calor de su deseo en su lengua.
Anabel, con un gemido bajo y sensual, se movió hacia adelante, sintiendo cada lamida. La iglesia resonaba con sus gemidos, cada sonido llenando el espacio sagrado con una lujuria impía.
Sin perder tiempo, Manuel se levantó y tomó a Anabel por la cintura, levantándola con una fuerza que sorprendió a todos. Él la giró hacia el altar, colocándola sobre sus rodillas con sus nalgas hacia arriba. La tela roja de su vestido se deslizó hacia arriba, revelando aún más de su piel suave y sus curvas generosas. Con una mano firme, Manuel levantó el vestido de Anabel, exponiendo completamente su trasero.
Sin un momento de duda, guiado por un deseo incontrolable, alineó su miembro con su entrada trasera. Anabel, con una sonrisa de triunfo y los ojos brillando con lujuria, se aferró al altar, sintiendo cada centímetro de su piel contra el mármol frío.
Manuel empujó lentamente, sintiendo la resistencia inicial, pero pronto su pene se deslizó dentro de ella. Un gemido profundo escapó de los labios de Anabel, mezclándose con el eco de la iglesia. Los invitados, ahora en un estado de shock y morbosa fascinación, no podían apartar la vista de la escena que se desarrollaba frente a ellos.
Manuel, con un suspiro profundo, empujó lentamente su pene dentro de Anabel, sintiendo la calidez y la humedad de su cuerpo envolviendo su miembro. Anabel, con una sonrisa malvada en los labios, se aferró al altar, sintiendo cada centímetro de su piel contra el frío mármol.
"Joder, sí, Manuel, así es como lo quiero", susurró Anabel, sus caderas comenzando a moverse con una cadencia lenta y sensual. Manuel, con las manos temblando de deseo y anticipación, comenzó a moverse dentro de ella, sus caderas chocando contra las de Anabel con una fuerza controlada.
Empezó a follarla duro, cada empuje más profundo y más urgente, sintiendo su pene endurecer aún más dentro de su calor. "Joder, Manuel, más fuerte", susurró Anabel, su voz llena de lujuria y desafío. Su piel estaba sudorosa y brillante bajo la luz de las velas, y sus gemidos se mezclaban con los sonidos de sus cuerpos chocando. La iglesia, que hasta hace unos momentos estaba llena de solemnidad y reverencia, ahora resonaba con el eco de sus gemidos y los jadeos de Manuel.
Los invitados, aún en estado de shock y morbosa fascinación, no podían apartar la vista de la escena que se desarrollaba frente a ellos.
Mientras tanto, María estaba paralizada en su lugar, sus ojos clavados en la figura de Anabel sobre el altar. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, cayendo en silencio sobre su vestido de novia mientras observaba la traición que se desarrollaba frente a sus ojos. Su corazón palpitaba con una mezcla de ira, dolor y desesperación.
María no podía creer lo que estaba viendo. Su amiga, a quien había confiado su corazón y su cuerpo, estaba destruyendo su mundo en pedazos.
—"Llora, María—susurró Anabel, sin dejar de moverse sobre el rostro de Manuel—, yo disfruto a tu hombre".
Las palabras de Anabel resonaron como un látigo en el aire, cortando el corazón de María. Sus lágrimas se convirtieron en un torrente incontrolable, y su cuerpo tembló con cada palabra de su amiga. La escena que se desarrollaba frente a ella era una traición que no podía procesar. Mientras Manuel seguía sumergido en su lujuria y Anabel disfrutaba de su poder, María se sentía más sola que nunca.
Las lágrimas continuaban cayendo por sus mejillas, pero ahora eran lágrimas de rabia y decepción. "María tu novio me está follando con ganas", dijo Anabel, mirando fijamente a María con una sonrisa triunfante. "¿No es maravilloso?"
María, con el corazón roto y el alma destrozada, no pudo evitar sentir una mezcla de ira y vergüenza. La mirada de Anabel era desafiante, y sus palabras resonaban en sus oídos como un golpe. "Eres una traicionera", susurró María, apenas conteniendo las lágrimas.
Anabel, sin dejar de moverse sobre Manuel, respondió con una risa malvada.
"Sí, María, soy yo la que se está follando a tu novio. Mira cómo disfruta", dijo, sus caderas moviéndose con una intensidad que resonaba en el mármol del altar. María, a pesar de su dolor y rabia, no podía apartar la vista de la escena. La traición estaba tan clara como el día, y cada movimiento de Anabel era una puñalada en su corazón.
La iglesia estaba en completo silencio, excepto por los jadeos y gemidos de Anabel y Manuel. Los invitados, aunque escandalizados, estaban fascinados por la audacia de Anabel.
Su cuerpo desnudo y el rostro de Manuel enterrado en su sexo eran una imagen que nadie olvidaría pronto. Sin embargo, el cuerpo de Anabel comenzó a temblar de una manera que todos notaron. Sus músculos se contraían y relajaban rítmicamente, y sus gemidos se convertían en gritos de dolor. Manuel, al darse cuenta de que algo andaba mal, se detuvo en seco.
"Anabel, ¿estás bien?" preguntó, preocupación en su voz.
"Lo siento, Manuel, necesito que te corras dentro de mí", respondió Anabel, su rostro contorsionándose con una mezcla de dolor y éxtasis.
Manuel, sin saber qué hacer, miró a su alrededor, buscando una señal de qué hacer. Los invitados observaban en absoluto silencio, sus ojos ensanchados y embargados por el espectáculo que se desarrollaba frente a ellos.
"Manuel, por favor, tienes que correrte dentro de mí", insistió Anabel, moviéndose sus caderas con desesperación.
María, aún paralizada en su lugar, sintió una mezcla de horror y compasión al ver a su amiga en ese estado.
Anabel, con el rostro contorsionado por el dolor, miró a Manuel con una expresión desesperada. "Joder, Manuel, qué placer", susurró entre gemidos, sus caderas moviéndose con una intensidad desesperada. Manuel, con el corazón lleno de preocupación, no podía evitar sentir una mezcla de excitación y culpa. Él sabía que debía detenerlo, pero la urgencia en la voz de Anabel y la forma en que su cuerpo respondía a la suya lo mantenían en un estado de confusión.
"Anabel, ¿estás segura de que esto es lo que quieres?" -preguntó Manuel, su voz llena de preocupación.
"Fóllame, no pares, Manuel", responde Anabel, su rostro contorsionado por el dolor y el placer.
Manuel, aunque sintió una ola de culpa y preocupación, no pudo resistir las palabras desesperadas de Anabel. Su cuerpo respondía al deseo que la dominaba, y cada movimiento de sus caderas solo aumentaba su excitación. Con un suspiro profundo, comenzó a moverse dentro de ella con una intensidad renovada, sintiendo cada centímetro de su piel contra la suya. La iglesia resonaba con el eco de sus gemidos y jadeos, creando una atmósfera que era tanto sagrada como profana.
Anabel, con el rostro contorsionado por el dolor y el placer, levantó la mirada hacia el sacerdote que observaba la escena con horror y asombro. Con una voz cargada de desesperación y lujuria, susurró: "Sacerdote, necesito un favor. Mientras mos seguido follando".
El sacerdote, con la cara pálida y los ojos muy abiertos, no podía creer lo que estaba escuchando. Su mente luchaba por procesar la audacia de Anabel y la situación en la que se encontraba sumergida. "¿Qué... qué favor?" preguntó, su voz temblando con una mezcla de miedo y desconcierto.
El sacerdote, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, no podía creer que estuviera escuchando. -preguntó con una voz que apenas logró salir de su garganta. "Necesito que casos a Manuel ya mí mientras nos follamos", respondió Anabel, su voz llena de desesperación y lujuria, sus caderas moviéndose con una cadencia frenética.
El sacerdote, con una expresión de horror en el rostro, no sabía cómo reaccionar. La iglesia, que hasta hace unos momentos estaba llena de solemnidad y reverencia, ahora resonaba con el eco de los gemidos y jadeos de Anabel y Manuel.
—Yo diré las palabras, usted solo tiene que oficializarla —susurró Anabel al sacerdote, su voz cargada de desesperación y lujuria mientras sus caderas se movían con una intensidad desesperada.
— ¿Qué... qué dice? —preguntó, su voz temblando con una mezcla de miedo y desconcierto.
—Manuel, ¿quieres estas tetas gordas, este enorme trasero y esos labios que te devoran tu cipote? —susurró Anabel, con el rostro contorsionado por el dolor y el placer.
Manuel, mientras penetraba el coño de Anabel, se detuvo por un momento, sintiendo una mezcla de culpa y deseo. —No puedo hacer esto, Anabel. Esto es incorrecto.
—¡Sí quiero! —exclamó Anabel, sus caderas moviéndose con una intensidad desesperada, impulsando a Manuel a continuar. —¡Quiero que me siga aquí, ahora, delante de todos! ¡Quiero que te corras dentro de mí y que todos lo sepan!
Manuel, aunque sintió una ola de culpa y preocupación, no pudo resistir las palabras desesperadas de Anabel y la urgencia de su cuerpo.
Con un suspiro profundo, respondió: "Sí quiero".
Sus caderas se movieron con una intensidad renovada, sintiendo cada centímetro de su piel contra la suya. La iglesia, que hasta hace unos momentos estaba llena de solemnidad y reverencia, ahora resonaba con el eco de sus gemidos y jadeos, creando una atmósfera que era tanto sagrada como profana.
Anabel, con el rostro contorsionado por el dolor y el placer, levantó la mirada hacia Manuel y susurró: "Y ahora yo, quiero este enorme cipote de 35 cm para el resto de mi vida, ajaaja obviamente". La frase resonó en el aire, llenando el espacio sagrado con una osadía impía.
El sacerdote, aunque horrorizado, no pudo evitar obedecer las palabras de Anabel. Con una voz temblorosa y una mirada ensanchada, declaró: "Os declaro marido y mujer".
Los invitados, aunque escandalizados, no podían apartar la vista de la escena. El sacerdote, con una expresión de horror en el rostro, se alejó del altar, dejando a la pareja en su impío acto. Anabel, con una sonrisa triunfante y desafiante, se inclinó hacia Manuel y susurró: "Ahora somos marido y mujer, Manuel.
Fóllame duro, hazme gritar". Manuel, aunque sintió una ola de culpa y vergüenza, no pudo resistir la urgencia en la voz de Anabel y la forma en que su cuerpo respondía al suyo. Con un gemido profundo, empujó su pene dentro de ella con fuerza, sintiendo la resistencia inicial antes de que se deslizara dentro de su calor.
Anabel, con un gemido ronco y profundo, se aferró al altar, sintiendo cada centímetro de su piel contra el frío mármol.